EL NUNCA MÁS DE MAGGIORANI Y STAIOLA

Osman Cortés Argandoña

La insolidaridad provoca impotencia en el ser humano. Los puños se aprietan. Las lágrimas brotan y se deslizan por las mejillas delirantes. Lamberto Maggiorani y Enzo Staiola, padre e hijo en "Ladrón de Bicicleta", lo sienten y sufren con una sinceridad y convencimiento que enterneció a todos los aficionados del cine de fines de la década del 40.

Ese es el punto de la cinta que desliza su amargura por las calles de la ciudad mientras el transeúnte pasa, observa pero no se involucra. Es una sociedad alienada por los problemas que intenta buscar soluciones en el individualismo sin pensar que los seres humanos son integrales hasta el tuétano. Los que intenten disolver esa unión férrea podrán conseguirlo pero el logro no será permanente ya que, tarde o temprano, la verdad caerá como agua de lluvia sobre los verdugos separatistas.

"Ladrón de Bicicletas" plantea la posición humanista de los cineasta De Sica y Zavattini mostrando descarnadamente las variedades de seres humanos que existen en una Italia que intenta recuperar la sangre derramada desde una posguerra donde volverá a ser súbdito, esta vez de USA y su Plan Marshall. Es la eterna acción de cambalache para obtener de los pueblos su médula y entregarles lo que ellos no desean.

La música de Alessandro Cicognini envuelve las escenas de un dramatismo insoslayable transformándose en la música incidental cinematográfica por excelencia.

Las cámaras de Carlo y Mario Montuori avanzan por una ciudad brumosa captando a los obreros camino a sus fábricas mientras el sol naciente intenta penetrar por el follaje de esa ciudad que intenta levantar su gestión para sus hombres. Las calles estrechas, las casas pétreas, los hombres curtidos y desconfiados, la pobreza como objetivo de una imagen sin dobleces donde Antonio y Bruno exigen respuestas a su drama común.

El auténtico obrero Lamberto Maggiorani interpreta a un Antonio Ricci como un consumado actor, no siéndolo. Esa es la actitud del neorrealismo de De Sica y Zavattini. "El cine es la vida misma", decía De Sica. Se toma la cámara y se sale a la calle y allí se capta la realidad. Enseguida vendrá el guión. Qué mejor actor para el papel de obrero que un obrero pobre.

Qué mejor actor para el papel de un niño pobre que un niño pobre. E irrumpió en las pantallas del mundo Enzo Staiola, el niño hijo de inmigrantes, en el rol de Bruno, con su rostro patético, con medias sonrisas que intenta buscar la bicicleta en una comunidad de trastoques, junto a su padre de la mano con la lluvia calando hasta lo más profundo.

Staiola tiene escenas de leyenda como aquella donde compite con el niño burgués en el restaurante siviéndose las deliciosas pastas italianas. Esa otra en la cual enrrostra a su padre haberlo golpeado y se aleja.

Dos grandes actores del pueblo que no volvieron a filmar. Nunca más. Lo hicieron tan bien que ningún director se atrevió a romper esa magia. Maggiorani volvió a la fábrica y Staiola a su hogar de niño inmigrante.

Pero dejaron para siempre en nuestra persistencia retiniana esas escenas refrendadas por ese final épico que están pronto a ver y emocionarse.